Despedida de los peregrinos

28.08.2012 20:52

 

Este escrito del P. Joaquín recoge la experiencia y los últimos momentos de la convivencia con los peregrinos de Luz y Vida en nuestra parroquia.

GRACIAS a las personas y familias acogedoras que habéis abierto vuestros hogares a este grupo.

 

Llegó el día de partir. Tras diecisiete días vividos con intensidad, con el arduo calor que azotó Barcelona, los peregrinos venidos de Bielorrusia y Polonia se prepararon para dar fin a su estancia.

Durante estos días, la cultura eslava y sus lenguas tan diferentes hicieron patente la distancia entre nuestra realidad y la suya, tanto cultural como religiosa. Ellos vienen del norte de Europa, nosotros pertenecemos al ámbito latino, mediterráneo.

Son dos formas de percibir la realidad, con un pasado histórico, político y religioso diferente. Expansivos, alegres, dinámicos, su forma de vivir la fe contrastaba con nuestro talante prudente, discreto, quizás más “cuadrado”, más intelectual y menos afectivo. Nosotros somos más celosos de la intimidad, marcamos territorio, separamos los espacios; ellos pasaban todo el día juntos cantando, rezando, jugando y compartiendo espacios comunes. Están acostumbrados, también, a vivir en la precariedad, pues vienen de países con un índice de desarrollo mucho más bajo que el nuestro. Todos con todos lo comparten todo; la pobreza les ha dado un sentido de la generosidad y del compartir genuinamente cristiano.

Estando en las antípodas, aún y así se produjo de manera espontánea una sincera y bonita sintonía, más allá de nuestros paradigmas culturales, que brilló tanto como el sol que ha lucido estos días. Atraía en ellos su alegre inocencia y su enorme capacidad para buscar complicidades y comunicarse, de tal manera que casi no hacían falta diccionarios ni traductores, pues se daba una espontánea comunicación. Incombustibles, joviales y sencillos, han pintado en nuestro patio un paisaje de gran riqueza humana y religiosa. Rompiendo esquemas, sin prejuicios, mostrándose tal y como son, han dado vida a este desértico verano en la Vila Olímpica.

Seguían un horario bien estructurado; cada día celebraban misa, reflexionaban sobre la Palabra de Dios y dedicaban tiempo al diálogo, a la oración, a los bailes y a los juegos. También iban a la playa, para aliviarse del calor sofocante. En ningún momento bajaron la intensidad de su ritmo, pese a no tener las suficientes comodidades en cuanto a equipamiento y recursos para acogerlos. Cada día se levantaban animosos para ir a cantar y rezar en la capilla. Sus corazones latían al ritmo del sol, que se eleva cada día, y sus caras brillaban mientras cantaban alabando a Dios por el nuevo día.

Participaron en tres celebraciones litúrgicas dominicales con la comunidad parroquial. Su presencia en las misas hizo posible una comunicación más rica con ellos. Sus cantos, lecturas y oraciones nos ayudaron a ser conscientes de la universalidad de la Iglesia; su disposición y devoción a la eucaristía llenaron de intensidad las celebraciones.

En la última misa con ellos, escuchamos el testimonio de uno de los jóvenes del grupo. Con palabras sencillas nos explicó su proceso de acercamiento a Dios y a la Iglesia y su deseo de servirla. En estos tiempos, en que los seminarios se vacían y hacen falta vocaciones, es un milagro escuchar a un joven entusiasta que quiere, firmemente, ser sacerdote y entregar su vida por los demás. Su testimonio tan franco y sincero nos ha de interpelar.

Las cenas con ellos y las familias acogedoras también fueron encuentros rebosantes de alegría. Ricas cenas, ricos discursos y un diálogo espontáneo hicieron de esas celebraciones momentos inolvidables. Especialmente la última cena, con un manjar muy especial y regalos que repartimos entre todos, fue una hermosa reunión de cristianos de diferentes latitudes compartiendo la alegría de sabernos parte de una sola y gran familia.

Y llegó la hora del adiós definitivo. Los árboles del patio respiraban la emoción de los peregrinos. El sol, que caía con fuerza, fue testigo de aquel entrañable momento. Lágrimas contenidas, miradas llenas de complicidad, sinceros abrazos, rostros donde se leía la pena por el adiós y la alegría de la gratitud por habernos conocido y compartido esos diecisiete días. Era hermoso contemplar cómo en tan poco tiempo había surgido tanta sintonía. A las doce, cuando el sol llegó a su cenit, se terminó aquella aventura, tan llena de sorpresas. Todos ellos se iban cargados con mochilas y maletas, y con algo más. En su equipaje llevaban la riqueza humana y espiritual del encuentro y el testimonio de una comunidad que, aunque medio desierta y con poca gente debido a las vacaciones, no por ello dejó de mostrarles su sentimiento de fraternidad. El cielo azul y la luz hacían brillar sus rostros, algunos emocionados. Los abrazos se sucedieron, se intercambiaron las últimas palabras, los últimos gestos de dulzura y gratitud. El tiempo se agotaba.

Todo lo vivido quedará impreso en nuestra memoria y latirá en nosotros como una realidad muy viva, tanto que se resiste a quedar relegada al pasado. Esta bella historia, como todo, tenía que llegar a su fin. Pero un encuentro hermoso y profundo siempre deja su huella: seguirá tan vivo y tan real en nuestros corazones que se convertirá en fuente de alegría, de sueños y de nuevos proyectos de futuro. Ahora toca digerir y asimilar todo lo vivido a la luz del evangelio, extraer buenas consecuencias y, sobre todo, un compromiso evangelizador allí donde cada uno de nosotros esté.

P. Joaquín Iglesias

 

Algunas fotografías de la última cena y de la despedida.