Fiesta de final de curso

11.06.2012 20:28

Escrito de Mn. Joaquín tras la celebración de la fiesta de final de curso.

9 de junio, un día de fiesta

El día de ayer pasó lento y pausado, en un clima templado, con ráfagas de aire fresco a medida que avanzaba la tarde, entre risas, asombro y sorpresas ante las diferentes actuaciones. Antes de comer, el grupo de danza de las tijeras, venido de Perú, inauguró la fiesta. Un padre y su hija nos ofrecieron una típica danza folclórica de los indios chancas. Vestidos con llamativos trajes de lana de colores, bordada en relieve de oro, giraban, saltaban y daban cabriolas con agilidad extraordinaria, llenando el escenario de un aroma ancestral. Con sus movimientos de gacela, revoloteando sobre la tarima, nos sorprendieron con este baile, que ha sido declarado patrimonio cultural por la UNESCO. Fue un magnífico aperitivo previo a la comida.

Ciento veinte personas degustamos una suculenta y generosa paella, preparada con cariño por un cocinero generoso y experto. Un grupo de voluntarios, serios y diligentes, había montado las mesas y las carpas para dar sombra, y sirvió la comida con exquisita cortesía. El servicio de mesa estaba perfectamente organizado y contribuyó a que todo el mundo se sintiera atendido y bien acogido, pudiendo disfrutar mejor de la comida.

La eficacia del técnico de sonido, siempre atento a cada evento del día, hizo posible que la megafonía funcionara perfectamente en todas las actuaciones. La música, bien escogida, ayudó a crear un ambiente festivo.

En la sobremesa, disfrutamos de un repertorio variado de actuaciones: magia y humor, baile country con el grupo del Centro Cívico Sandaru y la alegría desbordante del grupo de castañuelas. La poetisa Antonia Vilà nos deleitó recitando algunas poesías suyas. Esta rapsoda, autora de la música y letra de veintidós habaneras, además de un sinnúmero de poemas, hizo volar nuestra sensibilidad e imaginación con sus versos, declamados con energía y dramatismo.

Se procedió a la rifa de un jamón. El premio dio una buena alegría a la afortunada y a su familia.

Finalmente, una feligresa miembro del coro nos ofreció varios fandangos, algunos inventados por ella, cantados con derroche de gracia, voz y corazón. Con el canto del Padrenuestro gitano, dio paso a unas últimas palabras del P. Joaquín, quien clausuró la jornada recordándonos a todos que el verdadero sentido de la fiesta es la comunión, y que la parroquia quiere ser un lugar referente en el barrio, un hogar para todos, donde toda persona encuentre escucha, atención y acogida.

La alegría, rasgo distintivo del cristiano

La tendencia del hombre a la fiesta, a vivir espacios lúdicos entorno a la comensalidad, forma parte de su ser eminentemente social. Desde un punto de vista antropológico, el hombre sabe que no crece como persona sin la apertura al otro. La necesidad de compartir vivencias, experiencias, amistad, refuerza los vínculos que nos unen a otros. Comer juntos ayuda y facilita que las relaciones humanas crezcan y se fortalezcan. Un espacio expansivo, sereno y alegre crea momentos tan hermosos que la cohesión entre la familia, los amigos y el grupo adquiere solidez. Cuando los que nos reunimos formamos parte de una comunidad, en este ágape reside la razón última de nuestro encuentro. Estamos hablando de un elemento nuevo, más allá de lo lúdico y lo gastronómico. Estamos introduciendo un elemento espiritual que yace en la raíz de nuestra cultura. Jesús convierte una comida o una cena en algo más que un acto de nutrición. No solo nos estamos alimentando físicamente; hemos convertido ese momento en un acto casi sagrado, aún sin ser eucarístico.

Participar de la eucaristía nos ha de llevar también a comer juntos, haciendo comunidad. De aquí podemos dar un paso más allá: despertar una mayor conciencia de nuestro sentido de pertenencia a la comunidad, pero sobre todo una mayor conciencia de nuestro compromiso eclesial. Estos encuentros tienen que ayudarnos a asumir la corresponsabilidad de nuestra misión como cristianos. Es decir, testimoniar la experiencia de proximidad con Cristo como cabeza y motor de la comunidad. No olvidemos que la motivación última de este encuentro es aquella que define nuestro modo de estar en el mundo.

Todo encuentro en torno a una mesa nos lleva al misterio de nuestras raíces cristianas: la eucaristía, que nos recuerda el ágape de amistad de Jesús con los suyos y las palabras tan bellas que salen de su corazón antes de su muerte inminente. El alimento partido y repartido es signo de un amor que se entrega sin límites. Comer juntos se convierte en un gesto trascendental. Cristo se convierte en pan para nosotros y hace de esta cena un sacramento de su presencia en el corazón de la comunidad. Por eso cada encuentro, cada ágape, ha de ser una ocasión gozosa que respire religiosidad. Todo lo lúdico y festivo ha de estar empapado de espiritualidad. Podríamos hablar de la mística del comer juntos y transformar esta experiencia en un acto de gratitud por celebrar en torno a la mesa nuestro crecimiento en comunidad. Podemos saborear las delicias de un manjar y saborear también el placer de la amistad, gustar del olor y la textura de la confianza, del compartir. Pero, sobre todo, nos alimentamos juntos de todo aquello que creemos y nos une.

 

Aquí tenéis algunas fotos que resumen momentos memorables del día.