Iniciamos nuevo curso

14.10.2012 20:23

 

¡Iniciamos nuevo curso!

Nuestro rector nos ofrece estas reflexiones para empezar esta nueva andadura, coincidiendo con la apertura del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, el Año de la Fe y los aniversarios del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica.

 

Nuevo curso, nuevos retos

Después de un largo e intenso verano, han llegado las frescas mañanas otoñales. Dejamos atrás las calurosas tardes veraniegas, que invitaban a digerir y metabolizar los acontecimientos, y entramos en el ritmo de un nuevo curso. Meditando y dando sentido a todo lo acaecido durante el curso pasado, entre aciertos y errores uno va aprendiendo a valorar todo aquello que ha hecho. La vida te somete a diferentes experiencias, algunas duras, otras agradables, pero todo son lecciones para madurar humana y espiritualmente. Y aunque uno tenga la sensación de que las cosas no han salido como deseaba, todo lo que pasa es una gran oportunidad para aprender, aunque siempre se tope con muchas limitaciones.

Y, como en todo ciclo nuevo, hay que dejar atrás el anterior para renacer. Recomenzamos, pero con la ventaja de la experiencia anterior. Por tanto, vamos mejor preparados. Hemos tenido todo el verano para hacer una profunda revisión y, con humildad, reconocer cuáles han sido las grandes lecciones. Ahora, podemos comenzar con entusiasmo otra singladura. Es muy fácil descender por el camino del hastío, por la rutina adquirida. Se vuelve al horario de siempre, a las actividades de siempre… Algunos psicólogos hablan de crisis post-vacacional. Volver a asumir los compromisos de siempre se hace pesado para muchos. ¿Seremos capaces de convertir un día rutinario en una experiencia apasionante, que nos haga vibrar minuto a minuto, sin que nos pese la existencia?

Esto dependerá, no tanto de lo que hacemos, por repetitivo que sea, sino de entender que cada día, cada amanecer y cada tarde, es un regalo al que podemos dar un sentido. Si la vida tiene sentido para nosotros, el tiempo y lo que hacemos también lo tendrá.

En el cerebro ningún minuto que pasa es igual, nada se repite. Contemplar un bello amanecer, una flor o las estrellas en la oscuridad nunca aburre. Tampoco cansan las miradas cálidas de quienes comparten la vida con nosotros.

La poesía brotará en nosotros si somos capaces de ver belleza en la aparente monotonía, de la misma manera que un pintor plasma en un lienzo un instante de emoción estética. La cuestión no es solo lo que hacemos, sino cómo lo hacemos, cómo lo vivimos y lo sentimos. Cuando nuestro corazón late, cuando evitamos resbalar hacia el abismo, cuando luchamos por amar en plenitud es cuando vivimos con esperanza y podemos atisbar a Dios por encima de las nubes más densas. Sabemos que el Sol está detrás, brillando; que tras la noche llega el alba; tras la tristeza, la alegría; tras el desconsuelo, la esperanza. Aunque a veces sintamos que nuestro corazón es un desierto, la primavera está latente en él. Tras la muerte, hay vida.

Necesitamos empezar el curso sabiendo que a lo mejor no alcanzaremos las metas que nos propusimos, pero no hemos de dejarnos llevar por el desánimo. Cuando descubrimos que lo importante no es tanto lo que se hace, sino por qué se hace y por quién, tendremos el suficiente coraje para seguir aprendiendo y creciendo. Necesitamos razones para vivir esperanzados y es bueno preguntarse qué es lo que nos motiva a levantarnos. Pueden ser los hijos, la familia, los amigos, el trabajo, un proyecto… Tenemos suficientes razones para saltar de la cama con alegría. Cada despertar es un regalo en el que se nos brinda la oportunidad para seguir soñando y amando, haciendo de nuestra vida una experiencia valiosa y digna.