Testimonio en la JMJ de Madrid, con Benedicto XVI

15.08.2011 19:58

¡Hola a todos!

El padre Joaquín me ha pedido que escriba mi testimonio en la JMJ de Madrid. En ella participé en el coro formado para aquel evento.

Yo no había participado nunca en ninguna Jornada: Toronto quedaba muy lejos, tanto o más que Sidney, además que en mi parroquia nunca ha terminado de cuajarse ningún grupo de jóvenes que propiciara un viaje. Pero ahora era a Madrid. Si ya había sido capaz de hacer el salto de Valencia a Barcelona, cómo no había de buscar una excusa para ir a Madrid...

Casi por casualidad conocí la convocatoria para una Orquesta y un Coro. Orquesta y coros que tenían que ser profesionales, debían ensayar en Madrid... Tantos problemas y tantos inconvenientes que surgen siempre. Pero Dios escribe recto en renglones torcidos. De entre tantos llamados, me seleccionaron. Y lo que parecía un sueño infantil comenzaba a hacerse realidad: el 8 de mayo, cuando faltaban solo 100 días para la fiesta de la fe, empezaban a calentarse los motores en una jornada festiva para 8000 voluntarios y otros simpatizantes. Y menos de un mes después, Concierto en el Auditorio Nacional de España, casi nada.

Y ves cómo Dios va ayudando a gestar ese proyecto tan ambicioso, pero tan grande y difícil a través de los pequeños detalles: cómo familias que ya aportaban sus voces en este macro espectáculo de la fe, también eran capaces de aportar su techo para una persona desconocida que pasaba por su casa, y aún más yo, que en tan pocos ensayos no conocía prácticamente a nadie. Daba igual, las puertas de su casa abiertas de par en par: no puedo dejar de mencionarlos, Alicia y Miguel con sus pequeñuelos y Walter, con su esposa a la que no tuve ocasión de conocer, pero que —coincidencias que ocurren—, justo el día que esta indispuesta llegué yo y sufría más por no poder atenderme que su propia enfermedad. Me sentí como uno más en la familia, sin distinción, jugando con los niños y durmiendo en cualquier rincón después de un día pesado de ensayo.

Qué regalo de Dios toda esta gente, con quienes compartí mesa y techo, y con todos los demás con los que compartimos momentos de gracia, tantas notas desafinadas, tantas eses mal pronunciadas –la gente del coro me entenderá—, tantas horas entregadas y tan bien recompensadas.

Y llegó agosto: un agosto que, aunque para muchos era de un fin de semana en Madrid, para nosotros fueron 15 días de trabajo vocal intenso. Con días completos cantando y ensayando bajo el cayado de los directores y jefes de cuerda que a buen seguro que pensarían en enviarnos a todos a casa en más de una ocasión, pero que sabían para que habían sido y por quienes habían sido convocados : Borja, Marina, Julián para los tenores pero también Iliana: personas con grandes cualidades musicales pero también espirituales que no sólo nos hicieron cantar con la técnica musical correcta sino a rezar y cantar a Aquel que nos ha Salvat, Dios de Majestad.

El Señor es muy listo: sabe sacar bendición hasta de los problemas y las dificultades, no ha hecho el mal, pero en medio de donde este está pone al hombre para que extienda el bien. Así lo iba haciendo todos estos días, ya desde febrero que comenzó esta aventura. Aventura que llegó a su hermoso fin.

Y aquel anciano volvió a España. Ese viejo que no es ni tan carismático, ni tan espontáneo, ni tan querido ni esperado, pero que ha sido enviado por Dios para regalarnos el mensaje de la esperanza: como dice aquella canción, Dios ha puesto en él una señal y lo ha enviado a las islas lejanas, a las gentes que nunca oyeron hablar de Él... ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Aquel anciano congregó a más de dos millones de creyentes, de jóvenes católicos para celebrar al Señor. Y Madrid era una auténtica fiesta: pero no la fiesta que al día siguiente no quieres recordar, sino aquella fiesta que quieres que se perpetúe: el banquete de las bodas del Cordero. Una fiesta que ni la lluvia pudo escampar: una fiesta que era vida. Donde hay dos o más reunidos en mi nombre, allí, en medio estoy Yo, dice el Señor. Pero es que no eran dos o tres, sino que fueron millones.

Qué grandeza verse rodeado de tanto cristiano. Cuántas veces parece que estamos solos en nuestra parroquia; cuantas eucaristías en las que vemos nuestras iglesias casi vacías... Tantas iniciativas pastorales que empezamos y que vemos pasar porque apenas vienen un par de personas... La JMJ nos hace abrir los ojos y ver que no estamos solos, que no somos “bichos raros”, sino que formamos parte de esta iglesia católica (es decir, universal) en la que todos cabemos.

Llegaron los actos centrales, pero el trabajo no había terminado, es más, se intensificaba, hasta el punto que no había tiempo ni para catequesis, ni para participar de tantos actos que llenaban Madrid aquellos días. Pero da igual: el Señor nos llevaba de la mano cada mañana y cada tarde a los ensayos.

Todos habremos seguido los actos al menos por televisión o por la radio: liturgias de la palabra, misas, vigilias con exposición del Santísimo, Vía Crucis... Son actos que hacemos ocasionalmente o diariamente en nuestras parroquias. Pero no eran como los de cada día. Incluso muchos de los cantos eran los mismos que se cantan en nuestras parroquias. Pero no es igual: una emoción te llena el corazón, una fuerza te invade, es algo distinto. Presididos por el sucesor de Pedro, podríamos decir que estaba toda la Iglesia allí presente.

Y escuchas con atención, no sólo tú, sino todos los millones de jóvenes allí reunidos. Qué silencios más sepulcrales cuando las palabras del Señor en boca del Santo Padre resonaban en Madrid: “¿Cómo puede un joven ser fiel a la fe cristiana y seguir aspirando a grandes ideales en la sociedad de hoy? (...) Jesús nos da una respuesta (...): «Permaneced en mi amor» (...) No os conforméis con menos que la Verdad y el Amor (...)” Y en medio de la tormenta nos decía: “Que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo ni al futuro ni a vuestra debilidad; (...) que, gracias a vuestra fe, continúe resonando su Nombre (el del Señor) en toda la tierra (...) Vale la pena acoger en nuestro interior la llamada de Cristo (...)”.

Incluso el cielo estaba emocionado y lloraba. Porque aquella tormenta no pudo ser otra cosa. El viento impetuoso del Espíritu venía a inundar a todos los presentes. Ante el Señor sacramentado, un silencio, silencio realmente impresionante dada la magnitud de gente que allí había. Un silencio que te penetraba el corazón. Y todos de rodillas, aunque el suelo estuviera lleno de piedras o mojado por la lluvia.

Han sido días emocionantes, días de gracia, que espero que no queden ahí. Empieza el nuevo curso para todos: a mí en la universidad y el conservatorio, pero los que trabajáis volvéis al trabajo, los más pequeños, a la escuela. Comienzan las actividades en los casales de barrio y las tareas pastorales en nuestra parroquia. Que en cada uno, allá donde nos encontremos recordemos el mensaje del sucesor de Pedro: "Jesús nos da la respuesta: permaneced en mi amor".

Marta Siscar Lloréns